¡Qué deprimida y sufrida está su clienta!
Categoría: Honrando la Toga

La historia narrada, aunque está inspirada en hechos reales, es producto de la creatividad e imaginación de la autora. Los nombres, carácteres, lugares, eventos e incidentes son el resultado o el producto de la imaginación de la autora. Cualquier semejanza con personas, sucesos o eventos es meramente una coincidencia.

Cierto día, representé a una mujer, a quien me referiré como “Lucinda”, que, entre otras cosas alegaba estar sufriendo por una situación de índole familiar.

El día antes de la vista, me reuní con Lucinda para prepararla con lo que se iba a confrontar el siguiente día. Sin embargo, omití recordarle que los jueces son seres humanos y que tal como cualquiera otro, no tan solo va a estar atento a su testimonio, sino también a sus manerismos, su manera de caminar, su modo de hablar, su forma de gesticular y, su vestimenta.  No se me ocurrió que esa involuntaria omisión opacaría todo el esfuerzo del preparativo.

No alcanzaban las 9:00 de la mañana cuando me encontraba en la sala de espera del Tribunal repasando mi línea de preguntas a Lucinda. Escuché el chirrido de la puerta y en un milisegundo escuché el resonar de unos tacos en el piso de mármol. Giré mi cabeza y logré atisbar a una mujer con un traje color azul añil brillante, ceñido a su esbelto y curvilíneo cuerpo, con sus atributos desesperados por salir de su llamativa vestimenta, con pantallas que se posaban en sus hombros, con zapatos del mismo color de su atrevido traje que a duras penas cubría sus sentaderas.

Me quedé atónita y sin palabras al percatarme que esa mujer que hacía su entrada triunfal a la sala de espera del Tribunal era nada más y nada menos que, Lucinda. Cuando pude recuperar mi voz le indiqué que cuando llamaran el caso, entrara a la Sala detrás de mí (por un intento fallido de esconderla detrás de mis 5’1” de altura).

Al llamar el caso, brevemente le resumí al Juez las alegaciones de Lucinda, del estado mental en el que se encontraba, de la angustia que la situación le estaba causando y del remedio que ella estaba solicitando. Acto seguido, solicité que mi clienta fuese juramentada y que pasara a la silla de los testigos.

El Juez, sin siquiera esperar a que Lucinda llegara a posarse en la silla de los testigos, se colocó sus espejuelos al borde de su nariz, y sin apartar la vista de la procesión en la que Lucinda era la gran mariscal, clamó:

-“Licenciada, pero ¡Qué deprimida y sufrida está su clienta!”

Una vez más, pero sin ausencia de asombro, tan sólo un pensamiento deambuló entre mis jadeantes neuronas:

¡En esta ocasión, es nada menos que un juez el que está haciéndole el honor a nuestra profesión..

HONRANDO LA TOGA!

Lcda. Leila Hernández Umpierre